En teorÃa hoy debÃa nevar en Jerusalén.La nieve se ha convertido en un debate nacional. ¿Cuándo?, ¿Dónde?, ¿Cuánto?. Al final no ha nevado. El dÃa se ha despertado gris y asà continúa, con un cielo que anuncia una lluvia que no acaba de llegar.
Me he ido a pasear por la ciudad vieja. Una sensación rara. No hay apenas turistas. los escaparates de las tiendas de souvenirs parecen como parte de un decorado gigante. Todo está expuesto como si en cualquier momento pudiera llegar una avalancha de compradores... pero no llegan. Me he dado una vuelta por el mercado, burbujeante, lleno de olores, colores, voces...al llegar al cruce con la via dolorosa, me he dirigido al santo sepulcro, a uno de mis lugares favoritos de la ciudad. Es un sitio que casi nadie conoce y siempre está vacio.
Instrucciones:
Al llegar a la iglesia del santo sepulcro te metes por una pequeña puerta a la derecha de la plaza. Esa puerta te conduce a la parte etÃope de la iglesia, entras en una capilla, subes unas escaleras, cruzas otra capilla, sales a un patio , que no es ni mas ni menos que el techo de la parte sur del santo sepulcro. Allà los estiopes han construido las celdas donde viven los monjes; las paredes llenas de simbologÃa templaria. Saludas a los monjes con un que dios te bendiga y cruzas el patio-techo, entras en la capilla de Santa Elena, y al fondo hay una pequeña puerta cerrada. Cuando el monje que tiene la llave te pregunta si eres cristiana, le dices que sÃ. "Ave maria" le dices, él te sonrie y te abre la puerta. Si le dices que no, ni te sonrie, ni te abre la puerta. Cruzas el umbral y te introduces en una galeria muy estrecha y con el techo muy bajo, te agachas y caminas hacia la izquierda, buscas el interruptor de la luz con la mano, lo encuentras, enciendes la luz, ves las escaleras que descienden, bajas y GUAUUUUUUUUUUUU! Estás dentro de una cisterna de agua enorme. Un sistema de aguas que usaron los cruzados para abastecer la ciudad cuando ésta estaba sitiada por Saladino y era imposible salir de sus murallas, y antes de ellos los persas, y antes los romanos, y antes los israelitas. Te sientas y disfrutas del sonido de las gotas de agua que caen de las cavidades rocosas del techo de la gruta; te sientas y te das un paseo privado y gozoso por el tiempo.
Al salir de la cisterna de Santa Elena me he dirigido hacia la puerta de Jaffo paseando por el barrio cristiano, no acaba de llover. En la puerta de Jaffo un pequeño recordatorio de la realidad presente. La oficina de correos ha puesto en medio de la plaza dos puestos ambulantes con urnas para votar. Son las elecciones a la autoridad palestina. No hay nadie votando... sigue sin llover.
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la ciudad vieja 1
historias al margén 1
Unos amigos viajan a la India. Son carpinteros y tienen una furgoneta que usan en su trabajo. Al marcharse deciden dejarsela a otro amigo para que la use mientras ellos están de viaje. Éste amigo, Amit, aparca un dÃa la furgoneta en Tel-Aviv, y se va a hacer unas gestiones. Cuando regresa descubre que la furgoneta ha sido robada. Pone una denuncia en la policia y duda si ponerse en contacto con nuestros amigos en India para darles la mala noticia; decide esperar a la noche y consultarlo con su mujer, no quiere amargarles las vacaciones. A las pocas horas recibe una llamada de teléfono en su movil. Una voz de hombre con acento árabe le pregunta si quiere recuperar su coche, él contesta que sÃ; el hombre le dice que le va a costar 15.000 shekels (unos 3.000 euros). Mi amigo empieza a regatear. Tras veinte minutos llegan a un acuerdo. El hombre le cita por la noche a la entrada de un pueblo árabe en los territorios ocupados, le dice que vaya solo, desarmado y con el dinero en metálico (6.000 shekels). Mi amigo se siente orgulloso, con un orgullo extraño que sólo he conocido en este lugar, una especie de satisfación por haber resuelto el problema al margén de cualquier organismo oficial y por haber conseguido bajar el precio hasta mas de la mitad. Aunque el hombre del telefono le ha robado el coche y encima le va a soplar más de mil euros por devolvérselo (como veis el secuestro express tiene muchas versiones por estos lares), mi amigo se siente el ganador de la historia. Un tipo que sabe negociar, que sabe imponer su criterio, que sabe arregárselas por sà mismo; el prototipo del GEBER,
GEBER israelÃ, todo un hombre.
A la hora fijada se encuentra en el sitio en que ha sido citado. Solo, desarmado y con el dinero en un sobre. Las luces del pequeño pueblo árabe se ven a lo lejos, está oscuro. Mi amigo sabe que se encuentra en una situación bastante delicada. Está en medio de ninguna parte, fuera de las fronteras legales de su paÃs, dentro de las fronteras aún no legales de una entelequia, en territorio de nadie, bajo la autoridad de nadie... solo ante el peligro.
A los pocos minutos se acerca un coche destartalado por un camino de tierra. El coche se para y deja las luces encendidas. Se bajan tres hombres. En ese momento empieza a abrirse una pequeña grieta en la pose de hombre decidido de mi amigo, comienza a valorar si ha sido una buena idea el llegar hasta allÃ, el tomar las riendas de esa negociación absurda. Ya no está tan seguro. Ya no está tan orgulloso de si mismo. Los hombres se acercan. Uno le cachea y comprueba que no va armado. Otro, el mas joven se vuelve hacia el coche y abre el maletero. A mi amigo le empiezan a temblar las piernas. El hombre mas mayor, al que reconoce como la voz del telefono, le pregunta con tono amable si quiere un café; entonces se fija en que el hombre mas joven ha sacado un infernillo del maletero y está calentando agua. A mi amigo no le apetece lo mas mÃnimo tomarse un café con esa gente en medio de la nada y en mitad de la noche, pero no quiere parecer grosero y acepta. Los cuatro hombres beben café a las luces de los faros del coche y hablan de la MATZAV ("la situación"). Le preguntan si Sharon ha abierto ya los ojos y si es verdad que le han llevado un plato de sawarma a la habitación del hospital para ver si el olor de la carne le provocaba alguna reacción. Se rÃen. La conversación es agradable y mi amigo se empieza a sentir mal por haber desconfiado. Les pregunta por las elecciones palestinas (mañana), y si es verdad que Hamás las va a ganar. Ellos creen que no, pero que Fatah tendrá que formar coalición con Hamás porque no van a conseguir mayorÃa absoluta. Están preocupados por el tiempo. le preguntan si es verdad que va a nevar el dÃa de las elecciones. Eso es muy malo, le dicen. Si nieva la gente no irá a votar y Hamás saldrá reforzado, los islamistas irÃan a votar aunque se abrieran los cielos. Los cuatro se rÃen. Mi amigo les tranquiliza, les cuenta que en el canal dos de la televisión israelà han dicho que al final no habrá nieve, solo lluvia...falsa alarma. Se acaban el café. El hombre mayor le dice a mi amigo que si puede ver el dinero. Por supuesto. Mi amigo le da el sobre y el hombre lo examina. Cuenta el dinero y asiente. Mi amigo vuelve a sentirse orgulloso de sà mismo. Los dos hombres jovenes se despiden de mi amigo con un apretón de manos y un deseo de paz, shalam alecum. Se montan en el coche. El hombre mayor le dice a mi amigo: "Ahora mando a mi hijo menor con la furgoneta, estará aquà en cinco minutos, ya sabes cómo es esto, no se pueden correr riesgos, teniamos que asegurarnos que eras un hombre de palabra". "Claro, claro", dice mi amigo, y siente como se le ensancha el pecho al saber que este árabe tan agradable le considera un hombre de palabra. Se despiden. Hasta otra. Bueno, mejor que no. Se rÃen. Que la paz sea contigo, y contigo; bueno, con todos. Si, inshaala. Se estrechan la mano. Mi amigo ve como se aleja el viejo coche por el camino de tierra con una sonrisa en los labios.
A los cuarenta minutos de espera mi amigo se decide a asumir que tendrá que poner una conferencia a la India y amargarles las vacaciones a Dorón y a Vered, y que dispone de cuarenta minutos de camino a casa para recrear mil veces la cara que va a poner Yael, su mujer, cuando se entere de como su marido acaba de perder 6.000 shekels y mas de veinte mil puntos en su cartilla de orgullo israelÃ.
Invierno en Jerusalén
Desde hace dÃas una luz grisácea se ha apropiado de las mañanas lentas de esta ciudad. Una sensación de invierno europeo se pasea por sus calles. Abrigos, paraguas, bufandas... Jerusalén se parece mucho menos a sà misma bajo ésta luz invernal. PodrÃa ser cualquier otro sitio, cualquier otra ciudad.
Una esperanza inutil de encontrarme en otra parte me da los buenos dÃas por las mañanas. Mojo esa esperanza idiota en el café, y me la voy bebiendo a sorbitos cortos a lo largo del dÃa. Al anochecer todo está mucho mas claro: Sigo siendo una forastera en tierra santa.
